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El blog de A

Archivos para 'arte' Categoría

Contenidos relativos a la actividad artística en sentido amplio, incluyendo música, literatura, cine, etc.

Espazos Sonoros

Publicado por alfaya en 11 Abril 2008

Hoy me gustaría compartir una buena nueva: dentro del ciclo Espazos Sonoros mis amigos de SinSal llevan las riendas del ámbito temático dedicado a “otros sonidos”. Ellos mismos nos los lo explican aquí.

Lástima que muchas de las actuaciones del ciclo estén programadas en días laborables, porque la combinación prevista de espacios arquitectónicos privilegiados y actuaciones musicales es auténtica delicatessen. Y es que el vínculo existente entre música y arquitectura es importante. Muy importante.

Escuchando: Madelene - Sanctum

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Black Magic by Fernando Manchado

Publicado por alfaya en 10 Abril 2008

Fernando Manchado. Artista polifacético, inconformista, noctívago. Tan perfeccionista como talentoso, reúne por vez primera una muestra representativa de su obra fotográfica en este libro titulado Black Magick.

Uno de esos secretos a descubrir.

Escuchando: Buried and gone - Neither/Neither World

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Crypto-Fascists

Publicado por alfaya en 2 Abril 2008

¿Suena a broma? Pues no sé, pero su manifiesto es bastante curioso, cuando menos.

Escuchando: Theos aniketos - Egida Aurea

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Entrevista a J.A.M. Montoya

Publicado por alfaya en 8 Febrero 2008

Tras leer esta entrevista a José Antonio Moreno Montoya en Mentenebre me quedo con una duda. Sin pretender poner en tela de juicio su trayectoria profesional, entre otras razones porque no soy nadie para hacerlo, me formulo una pregunta: ¿realmente Sanctorum es una colección original e innovadora, que merezca la atención que se le ha dado?

Lo digo porque la caduca polémica político-religiosa me resulta bastante indiferente, pero tengo la impresión de que, si no fuera por el uso de iconografía católica, esta colección hubiera pasado totalmente desapercibida para propios y extraños. Y, de hecho, declaraciones de intenciones del estilo de “He sido católico, ahora soy un hereje” o “Ojalá me excomulguen… no saben cuánto lo agradecería” me suenan a ganas provocar, simplemente.

Eso sí, se trata de una excelente publicidad gratuita , al menos a efectos de lograr notoriedad.

Escuchando: Bewitched - Pauline London

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H.R. Giger

Publicado por alfaya en 5 Febrero 2008

Happy birthday, Hans.

Escuchando: Organ in the attic sings the blues - Deadbeat

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Fotografía: concepto

Publicado por alfaya en 17 Diciembre 2007

Yo creo que la fotografía no deja de ser un artificio; nunca plasma la “Realidad”, sino que muestra tan sólo una de las realidades del fotógrafo. Toda fotografía es algo subjetivo, un punto de vista.

Mis propias palabras en el “debate” suscitado por esta imagen tomada por Malkoa.

Escuchando: Prinzessin - Novo homo

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Música y artwork

Publicado por alfaya en 11 Diciembre 2007

Pertenezco aún al selecto club de bichos raros que compramos música en formato físico. De hecho hoy he recibido mi último pedido a Projekt, con varios álbumes que me apetecía mucho tener; ediciones en digipack o formatos especiales (A5), con presentaciones esmeradas y, en algunos casos, en ediciones limitadas.

He comentado muchas veces que el futuro de la música es intangible, esto es, digital; y he comentado también con muchas personas la tristeza de ver cómo irá desapareciendo todo el artwork asociado a los soportes físicos. Sin embargo, me he quedado pensando que quizás ese artwork se vea sustituido por otro, al fin y al cabo las opciones que brinda la tecnología en ese sentido son espectaculares. Supongo que por algo uno de mis refranes favoritos es “no hay mal que por bien no venga”.

Ah, y otra reflexión adicional: ¿alguien podría explicarme cómo es posible que, en ocasiones, me salga más barato comprar a mis amigos de Projekt los álbumes que edita CMI, cuando esto equivale a que resulta más asequible comprar CDs que han cruzado el charco y han realizado el recorrido inverso hasta llegar a mis manos?

Escuchando: Et ensomt minne - Vàli

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Breixo Pazos

Publicado por alfaya en 28 Octubre 2007

Recomendación del día:

  1. Escoger un acompañamiento musical adecuado para un domingo tranquilo.
  2. Abrir en el navegador la cuenta en Flickr del fotógrafo pontevedrés en cuestión.
  3. Escoger la opción “Ver como presentación”.
  4. Presionar la tecla F11 para pasa a modo “pantalla completa”.
  5. Disfrutar.

Escuchando: Blutopfer - Apoptose

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Małgorzata Maj

Publicado por alfaya en 27 Octubre 2007

Recomendación del día: visiten la web oficial o bien la cuenta de esta artista gráfica en Deviant Art. La combinación de inspiración prerrafaelita con atmósferas fantasmales siempre merece atención.

Escuchando: My harbour - Corde Oblique

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La belleza de lo desapercibido

Publicado por alfaya en 26 Septiembre 2007

En estos tiempos en los que lo habitual es encontrar el buzón lleno de facturas, ayer recibí una postal acerca del monográfico sobre Michael Kamp que organiza la Asociación Cultural Mentenebre este otoño. La postal es todo un detalle, porque está manuscrita -supondremos que- por el mismísimo Pedro Ortega, de su puño y letra. Este polifacético caballero ha sido responsable de la extinta Los Cantos de Maldoror (Asociación Cultural a la que me he referido ya anteriormente), promotor de eventos (como el también desaparecido festival Arcana Europa), Deejay… y se ve que aún sigue teniendo ganas de marcha.

Y que dure la cosa, añadiría yo.

Escuchando: -

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1192

Publicado por alfaya en 24 Julio 2007

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Algo se mueve en esta ciudad

Publicado por alfaya en 12 Abril 2007

GFB07

Enhorabuena a los padres de la criatura… y a todos los que podremos disfrutar con ella.

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¿Abandonar el copyright?

Publicado por alfaya en 4 Febrero 2007

Artículo gentileza del Sr. Joost Smiers. Advierto, es extenso. Aquellos que no estén interesados en la problemática del derecho de propiedad intelectual pueden abstenerse; los demás pueden pulsar aquí.

Abandonar el copyright: una bendición para los artistas, el arte, y la sociedad

Joost Smiers

Bajo presión por parte de EE.UU., la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual está intentando otorgar a las grandes industrias del sector de la comunicación cultural un control decisivo sobre lo que podemos comunicar en la Red. No sería exagerado recordar el poder que el Comité Central del Partido Comunista tuvo en los viejos tiempos de la Unión Soviética.
Deberíamos alegrarnos de que varias organizaciones en todo el mundo estén protestando contra este ataque en profundidad contra nuestros derechos fundamentales de comunicación libre. Aun así, gran parte de estas críticas siguen siendo marginales.

Es hora de reconocer que hay algo fundamentalmente equivocado en nuestro sistema occidental de copyright, que es la fuente de la aberración según la cual sólo unas pocas empresas puedan tener poder sobre cómo nos comunicamos a través de la Red, y las condiciones bajo las cuales esto ocurre. Es hora de preguntarse si deberíamos seguir funcionando con este sistema de copyright, que es un invento del siglo XIX que no está preparado para la promoción del derecho fundamental a la libre comunicación en el siglo XXI.

Pasemos a analizar el porqué.

Imaginemos cómo sería el mundo sin copyright. En este texto voy a indicar los argumentos básicos a favor del abandono del sistema de copyright. Podría resultar sorprendente, pero esta intervención mejoraría la situación de la mayoría de los artistas en todo el mundo. También garantizaría que nosotros, como ciudadanos y como artistas, no nos veamos privados de nuestro dominio público de conocimiento y creatividad por parte de unos cuantos conglomerados culturales.

Hace algunos meses, Carlos Gutiérrez, el Secretario de Comercio de EE. UU., anunció una serie de iniciativas dirigidas a acabar con la rampante piratería de, entre otras cosas, la música. Las pérdidas provocadas por la piratería han sido estimadas en unos 250 billones de dólares anuales, sólo en EE.UU. En un comunicado de prensa, Gutiérrez afirmó: “La protección de la propiedad intelectual es vital para nuestro crecimiento económico y nuestra competitividad a escala global, y tiene importantes consecuencias en nuestro continuado esfuerzo por promover la seguridad y la estabilidad en todo el mundo”. Ahora bien, tengo que admitir que nunca se me ocurriría pensar que el copyright podía contribuir a la seguridad y estabilidad global.

Se trata de un mensaje fascinante, ¡sobre todo en palabras de un Secretario de Estado norteamericano! Pero Carlos Gutiérrez trató otro aspecto del tema, que resulta más obvio. El copyright se ha ido convirtiendo en una herramienta para hacerse con inmensas inversiones. En la década pasada, se ha convertido en uno de los principales motores de la economía en Occidente, y, más concretamente, de la economía estadounidense. Pero este desarrollo de los hechos tiene un importante inconveniente: las compañías que poseen enormes cantidades de obras bajo copyright pueden, si así lo deciden, proscribir actividades culturales más débiles, no sólo del mercado, sino de la atención del público general. Esto está ocurriendo delante de nuestros ojos. Es casi imposible apartar la atención de las películas taquilleras, los bestsellers y los discos más vendidos plantados ante nosotros por estos leviatanes culturales que, curiosamente, poseen todos los derechos imaginables sobre estas obras. Como resultado de esto, la mayoría de la gente no tiene ni la más remota idea de todas las otras prácticas, menos comerciales, que están teniendo lugar en la música, el cine, el teatro, y las demás áreas artísticas. Esto representa una gran pérdida para la sociedad, porque nuestro mundo democrático sólo puede existir en un entorno de gran diversidad de expresiones culturales libremente articuladas y debatidas.

Comúnmente se entiende el copyright, en primer lugar y por encima de todo, protege el bienestar y los intereses de los artistas. Pero la Historia nos enseña que la primera formulación política de alguna manera similar a nuestras leyes de copyright actuales tuvo objetivos muy alejados del cuidado de los ingresos del artista. La primera iniciativa orientada a proteger la propiedad intelectual de la expresión artística pertenece a la Reina Ana de Inglaterra, quien, en 1557, otorgó al gremio de los libreros el monopolio sobre la impresión y publicación de libros; un monopolio que, de forma muy conveniente, eliminaba toda competencia por parte de los impresores en otros lugares, tales como otros países, o la rival Escocia. De hecho, el término copyright lo dice todo: es el derecho exclusivo a copiar cualquier obra. En ningún lugar de las tempranas legislaciones sobre copyright se mencionaba al autor o al artista que había producido la obra. La Reina Ana tuvo sus razones para aprobar esta legislación. No le agradaba demasiado la idea de “libre expresión”, y al otorgar al gremio de los libreros el derecho exclusivo de publicar libros obtenía pleno control sobre qué libros podían ser publicados, y qué libros prohibir y barrer del mercado. Al fin y al cabo, el que otorga derechos también puede revocarlos.

Esta legislación de la Reina Ana es el espectro que sigue persiguiendo al copyright hasta el día de hoy, y quizás más ahora que en ningún otro momento histórico. Grupos cada vez más reducidos de entidades cada vez más grandes y más poderosas poseen los derechos exclusivos de cada vez más obras en los campos de la literatura, el cine, la música y las artes visuales. Por ejemplo, Bill Gates, el famoso fundador de Microsoft, también posee una empresa algo menos conocida, llamada Corbis, que colecciona cantidades ingentes de imágenes de todo el mundo.

Junto con Getty, Corbis está desarrollando un oligopolio en el campo de la fotografía y las reproducciones de obra pictórica. En otras palabras: una entidad con un gran poder en el mercado, muy similar al poder del gremio de los libreros en el siglo XVI. El oligopolio tiene control sobre qué obras de arte podemos usar, para qué fines, bajo qué condiciones, de manera muy similar a cómo la Reina Ana controlaba la impresión de libros.

En la mayoría de las culturas en el mundo, este estado de cosas ha sido, y es, muy indeseable, hasta inimaginable. Los artistas siempre han usado las obras de otros artistas, y siempre se han basado en ellas a la hora de crear nuevas obras de arte. Resulta verdaderamente difícil imaginar que las obras de Shakespeare, Bach y un sinfín de otros pesos pesados de la cultura hubiesen podido existir sin este principio de construir en base a las obras de los antecesores. Pero, ¿qué observamos hoy en día? Fijémonos en el ejemplo de los documentalistas, que se enfrentan a obstáculos poco menos que insalvables, ya que su producción casi inevitablemente contienen fragmentos de contenidos visuales y musicales sujetos a copyright, y cuyo uso requiere tanto el consentimiento como el pago correspondiente al propietario de los derechos de reproducción.

Esto último está casi siempre fuera del alcance del documentalista, y lo anterior le da a Bill Gates, o a cualquier otro propietario de copyright, plenos derechos de permitir el uso de “sus” contenidos artísticos sólo de las formas que le parezcan apropiadas. Ahora bien ¿en qué lugar, dentro de todo este entramado, se encuentran nuestros derechos humanos? Los derechos humanos deberían garantizar la libertad de comunicación, y el libre intercambio de ideas y formas culturales fue lo que permitió en gran medida la construcción de nuestra sociedad moderna. Pero este desarrollo cultural humano se detendrá si un grupo reducido de personas o empresas pueden autoproclamarse “propietarios” de la mayoría de imágenes y melodías que ha creado nuestra sociedad. Esto los pone en un lugar privilegiado para dictar hasta qué punto podemos usar una parte sustancial de nuestros logros culturales colectivos, en qué términos y bajo qué condiciones. Las consecuencias serán nefastas. Se nos está silenciando. Nuestra memoria cultural nos está siendo confiscada y guardada bajo llave. El desarrollo y divulgación de nuestra identidad cultural está siendo mermada, y nuestra imaginación está siendo encadenada por ley.

Al contrario de lo que se pudiera esperar, las aparentemente infinitas posibilidades de la copia y muestreo que permite el uso de las modernas tecnologías digitales no ha hecho más que empeorar la situación. Ofrecer públicamente aunque fuera un segundo de una obra protegida por copyright atraerá de inmediato la atención de los abogados de los “propietarios” de dicho material. Los artistas sonoros, que antes solían muestrear libremente el trabajo de otros para construir nuevas creaciones musicales, ahora son tratados como piratas y como criminales. Han aparecido sectores enteros de la industria dedicados a hacer cumplir la ley, husmeando el universo digital día y noche en búsqueda del menor rastro de obras registradas en el trabajo de otros y los que han sido cogidos in fraganti, a menudo se enfrentan a perder prácticamente todo lo que tienen.

El copyright tiene otro fallo intrínseco que lo hace insostenible en una sociedad democrática. Hoy en día el copyright se basa casi exclusivamente en la llamada propiedad intelectual. Esto constituye un problema, ya que la definición tradicional de propiedad es irreconciliable con los conceptos intangibles como el conocimiento y la creatividad. Una melodía, una idea o un invento no perderían ninguno de sus valores o utilidades si se comparten entre cualquier número de personas. En cambio, cualquier objeto físico, como por ejemplo una silla, rápidamente pierde su utilidad cuando muchas personas quieren hacer uso de ella. En este último caso, el término “propiedad” tiene un significado y una función claras. Lamentablemente, en las últimas décadas la definición de propiedad ha sido extendida muy por encima de cualquier constricción física.

Hoy en día, casi cualquier cosa puede pasar a ser propiedad de alguien, como por ejemplo las fragancia o los colores. Hasta la composición de las proteínas en nuestra sangre y los genes en nuestras células son reclamadas como la propiedad exclusiva de tal o cual compañía, que puede, en consecuencia, prohibir su uso por cualquier otra persona o entidad. Por tanto, ya es hora de reconsiderar el concepto actual de propiedad. En lo referente a obras de arte, es perfectamente concebible que ninguna persona debería tener el derecho a reclamar la propiedad exclusiva sobre, por ejemplo, una melodía. Todos sabemos que todas las obras de arte, y todos los inventos, se basan en las obras de los antecesores. Esto no quiere decir que tengamos que respetar menos a los artistas que crean nuevas obras de arte en base al trabajo de otros artistas, y tenemos la obligación de contribuir al bienestar y los ingresos de los artistas en nuestra sociedad. Pero retribuir cada uno de sus logros, o su reproducción y hasta su interpretación, con un monopolio extendido a varias décadas, es demasiado, porque no deja nada sobre lo que otros artistas puedan construir. De hecho, hasta criticar la obra de un artista se ha convertido en algo peliagudo, ya que puede “dañar” su “propiedad”. Por desagradable que suene, las cosas se ponen incluso peores cuando nos paramos a pensar en que la inmensa mayoría de las obras bajo copyright están en manos de un grupo relativamente reducido de grandes conglomerados corporativos. Estas megaempresas ni crean, ni inventan, ni producen nada en absoluto, pero exigen que los artistas les otorguen todos los derechos sobre sus obras, a cambio del privilegio de poder distribuir su trabajo.

Desde este punto de vista, hay muy buenas razones para tirar nuestro actual sistema de copyright a la basura. Por supuesto, los artistas se sentirían amenazados por un acto tan radical. Después de todo, sin copyright, perderían todos sus medios de subsistencia ¿no? Bueno, no necesariamente. Veamos, en primer lugar, algunas cifras. Las investigaciones de los economistas han demostrado que sólo un 10% de los artistas se hace con el 90% de los ingresos por copyright, y que el otro 90% de los artistas tiene que compartir el 10% restante.

En otras palabras: para la inmensa mayoría de los artistas, el copyright sólo ofrece unas ventajas financieras mínimas. Además, hay otro fenómeno peculiar: la mayoría de los artistas han llegado a algún tipo de convenio con la industria cultural. ¡Como si estos dos grupos tuvieran algún interés común! Por ejemplo, GEMA, la entidad gestora de derechos alemana, envía cerca del 70% de los ingresos por derechos de reproducción al extranjero, principalmente a EE.UU., donde residen varios de los mayores conglomerados culturales del mundo. En este proceso, al artista promedio ni se le ve.

Lo que se necesita es un medio para asegurar que los artistas puedan obtener una retribución justa por su trabajo, sin el riesgo de verse barridos del mercado y de la atención del gran público por el poder mercantil de la industria cultural. Esto podría sonar algo idealista, y quizás poco realista, pero no podemos subestimar la necesidad social de diversidad cultural.

Lo que resulta interesante es que para los artistas es perfectamente factible existir y desarrollarse sin copyright. Al fin y al cabo, el copyright no es más que una capa de protección alrededor de una obra de arte; y la cuestión es si las ventajas de esta protección tienen más peso que sus inconvenientes. Los artistas, tanto como sus agentes y productores, son empresarios. Entonces ¿qué justifica el hecho de que su obra reciba muchísima más protección (esto es, control monopolista a largo plazo sobre su obra) que el trabajo de otros empresarios? ¿Por qué no van a poder limitarse a ofrecer su trabajo en el mercado libre, e intentar conseguir compradores?

Intentemos predecir lo que podría pasar en el caso de que el copyright fuese abolido. Uno de los primeros efectos sería curioso: de repente, la industria cultural ya no tendría interés en invertir en bestsellers, películas taquilleras y superestrellas. Si, a falta de copyright y propiedad intelectual, estas obras se pudieran disfrutar e intercambiar por cualquiera, los gigantes de la industria cultural perderían sus derechos exclusivos sobre las obras de arte. Como resultado, también perderían su posición dominante en el mercado, que mantiene a tantos artistas alejados del gran público. El mercado se normalizaría, lo cual permitiría a más artistas presentar su obra, darse a conocer, y conseguir unos buenos ingresos por su trabajo.

Estos ingresos vendrían, en un inicio, del hecho de llegar primeros al mercado con una obra determinada. Pero hay otro factor que contribuye al éxito de los artistas. Un mercado cultural más normalizado ofrecería a los artistas más oportunidades de crearse una reputación, como un nombre de marca, que luego podría ser explotada para vender más obras a un precio más elevado. La copia rápida y generalizada de la obra de un artista, algo sólo posible en esta era digital, podría reducir su valor en el mercado, pero sólo serviría para incrementar la reputación del artista. Esto les da a más artistas la oportunidad de seguir vendiendo su obra a un público más amplio que en el actual modelo controlado por la industria.

Por supuesto, abandonar el copyright pone sobre la mesa una serie de preguntas importantes que necesitan ser respondidas. Más concretamente, se hacen necesarios tres ajustes importantes. En primer lugar, está el tema de que la producción de una obra de arte a veces implica una importante inversión de tiempo y/o dinero. Esto necesitaría una protección legal durante un corto período de tiempo, como por ejemplo un año en el caso de la literatura y el cine, tiempo durante el cual el artista podría explotar los derechos de su trabajo de forma exclusiva. Pero este usufructo sería diferente a las prácticas actuales, ya que la obra automáticamente entraría a formar parte del dominio público tras la finalización de este período: tal y como era costumbre en todas las culturas antes de nuestras leyes de propiedad intelectual
de hoy.

Por supuesto que la pregunta es, ¿por qué exactamente un año, y no más? La experiencia nos enseña que la vida económica útil de la mayoría de las obras es de un año, o menos. Tras este período, el producir y distribuir la obra ya no resulta tan interesante para terceros, ya que muchos otros podrían hacer lo mismo, lo cual haría inviable la inversión. Una consecuencia evidente de esto sería que ya no podría haber un uso ilegal de las obras de arte: ya que el material en cuestión ya no pertenecería a nadie. La piratería sería un recuerdo del pasado, tal y como lo serían la criminalización y la persecución de las personas que compartan y distribuyan obras de arte, como por ejemplo los que comparten música a través de Internet.

El segundo problema sería, obviamente, el que muchas obras de arte podrían no proporcionar ningún beneficio en un mercado libre durante un tiempo prolongado. Esto podría ocurrir en el caso de que una obra permanezca “desconocida” para el gran público durante mucho tiempo. Aun así, es importante para la sociedad que una gran variedad de obras de arte estén disponibles para el disfrute y el debate público. Los artistas también necesitan tener la oportunidad de desarrollar su trabajo, incluso cuando éste no resulte interesante para el mercado más amplio. El desarrollo de las aptitudes y el estilo personal del artista habitualmente necesita mucho tiempo, pero está en el interés de toda la sociedad el invertir en este desarrollo. Por esta y otras razones, la sociedad tiene la obligación de apoyar la creación de estas obras de arte por medio de subsidios y otros modelos de apoyo.

El tercer problema se refiere a la totalidad del mercado cultural. Abandonar el copyright eliminaría una base importante de la dominación de nuestras industrias culturales, pero eso no implicaría, necesariamente, que su dominación llegue a su fin. Las industrias establecidas seguirían manteniendo en sus manos el control sobre la producción, la distribución y el marketing a gran escala de los productos y servicios culturales. Esta es una de las razones de su actual éxito: el mantener el control total sobre la obra de arte, desde su gestación hasta el consumidor final, y es este modelo de distribución el que en gran medida determina de qué películas, libros, producciones teatrales y materiales visuales podemos disfrutar.

Esta concentración de poder sería indeseable en cualquier sector industrial, pero tiene un efecto especialmente nefasto en el campo de la cultura. Por tanto, podríamos imaginar que el mercado cultural fuese sometido a una especie de ley de la competitividad con un fuerte énfasis cultural.

Esto estaría relacionado, entre otras cosas, con la posesión de medios de producción y distribución de productos culturales. La legislación también sería llamada a obligar a las empresas culturales a (re)presentar a la totalidad de la actual diversidad cultural que está siendo creada por artistas locales e internacionales.

Este modelo haría que un mundo sin copyright sea no sólo perfectamente imaginable, sino muy beneficioso para muchos artistas, y lo convertiría en una verdadera bendición para la democracia cultural.

Joost Smiers es autor de Arts Under Pressure, Promoting Cultural Diversity in the Age of Globalization (Zed Books), y es profesor de Ciencias Políticas del Arte en el Grupo de Investigación de Arte y Economía en la Escuela de Arte de Utrecht, en Holanda.

El presente texto se licencia bajo Creative Commons ByNCSA. Puede consultar el texto completo de la licencia en http://creativecommons.org/licenses/byncsa/2.5/

Traducción de Kamen Nedev
De la traducción: Esta obra está bajo una licencia ReconocimientoSin obras derivadas 2.5 España de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/bynd/2.5/es/ o envie una carta a Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California 94305, USA.

Publicado en http://www.medialabmadrid.es/smiers_abandoning_copyright.pdf

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PSYCHOBUILDINGS III

Publicado por alfaya en 1 Noviembre 2006

“«Psychobuildings III» es una video instalación que funciona como una yuxtaposición entre las categorías de realidad y ficción, en el contexto de lo documental y su estetización. Objeto de esta yuxtaposición es la arquitectura, comprendida como «lugar del crimen», en dos registros diferentes: su representación cinematográfica en el género del terror, formalizado por la obra “Psychobuildings II” y la recopilación y manipulación de material visual que documenta sitios de sucesos donde se han producido crímenes reales, a través de la video proyección «Psychobuildings III», obra que se nutre de material fotográfico facilitado por la Policía de Investigaciones de Chile.

La obra realiza una investigación acerca de la «carga psicológica» de los espacios arquitectónicos, en tanto [...]

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Publicado por alfaya en 12 Octubre 2006

Un blog que merece la pena: ArtFutura

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Argumentos aplastantes:

Publicado por alfaya en 2 Abril 2006

Es sólo cuestión de tiempo que se imponga la lógica.

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Cómo reconocer un buen sushi

Publicado por alfaya en 12 Enero 2006

Lea bien la carta. Una cosa es sashimi (pescado crudo) y otra es sushi: una variedad de bocadillos en base a arroz aderezado con una mezcla de vinagre de arroz, azúcar y sal (shari o sushi meshi). Los más típicos: nigiri (bolitas cubiertas con trozos de pescado o marisco) y norimaki (rollitos con alga por fuera).

Siéntese en la barra. O acérquese a mirar cómo trabaja el chef. El sushi tradicionalmente se come en la barra, admirando los movimientos del maestro, preguntando cuáles son los mejores pescados, interactuando. Un chef de sushi se demora entre 10 y 15 años en llegar a ser tal.

Estudie el cuchillo. El sushi es el arte del cuchillo. Ergo, son caros y preciados. Largos y delgados (ya sea con extremo puntiagudo, yanagi-ba, o romo, tacobiki), sólo una cara de la hoja sostiene el filo cortante, usualmente a la derecha. Tienen mango de madera. Se afilan en una piedra especial.

El corte. Debe ser limpio, suave, fluido. El cuchillo se sostiene con suavidad, sin oprimirlo. La hoja debe mantenerse limpia, si es necesario con ayuda de un paño. Los profesionales se aseguran de romper la tensión de la grasa del pescado en el filo, haciendo correr por él una gota de agua antes de cada corte.

El arroz. Debe ser especial –de grano corto y alto contenido en almidón– que se lava, cuece, enfría (tradicionalmente con ayuda de abanicos), adereza y mezcla (en cuenco de ciprés y espátula de bambú).

La consistencia del arroz. Todo lo contrario del arroz graneado. Es decir, con granos enteros y al dente, brillantes y traslucidos, pero suficientemente pegados como para que permitan una correcta manipulación. El resultado deben ser bocados firmes, pero ligeros. Siempre debe estar recién hecho.

Y el pescado. Debe estar fresco. Sin golpes y ojalá fileteado frente a usted. Sepa que la preferencia de los japoneses va por los pescados grasos. El must: atún o salmón.

Otros básicos. Las algas nori: deben ser de color verde oscuro brillante, bien secas, de buen olor, crocantes y suaves al tacto. El masago: o huevos de pescado (las de salmón se llaman ikura), frescas, enteras y turgentes. La palta: de buena calidad, en cortes limpios, sin manchas.

Con controversia. Hay ingredientes que causan polémica. El queso Philadelphia, claro. El pollo y la carne. Y cualquier otra innovación que huela raro o sea especialmente ideada para quienes no se resignan a la idea del pescado crudo.

Decoración simple, breve, pero expresiva. Ojalá acorde a las estaciones del año. Daikon (rábano blanco) rallado, algunas hojas sisho (muy raras por estas latitudes) u otro verde estratégicamente puesto, gari (jengibre encurtido, el rosado, para refrescar el paladar entre bocados), un poquito de wasabi.

Y al propósito del wasabi. ¿Cómo se come? Fácil, se toma un poco y se disuelve en el pocillo con salsa de soya.

La soya. Y a propósito de la soja o soya: ¡se ponen sólo algunas gotas en el pocillo personal, sólo un poco, y en ella se moja leve y rápidamente una esquina del bocado antes de llevarlo a la boca! Nada más. No se ensopa, no se remoja, no se empapa.

Los bocados deben comerse de una sola vez. Están hechos para eso. Lo contrario es posible, pero se ve feo (y olvídese del cuchillo y el tenedor). La excepción: el temaki, o cono envuelto en alga.

La etiqueta. ¿Encuentra los palillos exasperantes? Sepa que se admite tomar los bocados con la mano.

Temperatura ambiente. Ni calientes ni refrigerados.

La ocasión. Puede constituir una comida en sí mismo, entrada o plato principal. La costumbre es comenzar con sashimi y sake para después seguir con sushi y sake, cerveza, té verde o, últimamente, vino blanco. En Japón es una comida cara, muy cara, reservada para ocasiones especiales.

Fuente: Revista de El Mercurio

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Yeah

Publicado por alfaya en 8 Enero 2006

Cuando sea mayor quiero ser capaz de hacer cosas como las que hace .

Cosas como ésta

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Para aquell+s que comparten mi gusto por la arquitectura:

Publicado por alfaya en 3 Enero 2006

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Publicado por alfaya en 9 Mayo 2004

Probably the first thing that strikes a newcomer to Mersad Berber’s work is his astonishing skill as a draughtsman. Berber draws with a fluency and confidence that has almost entirely disappeared from art in Western Europe and the United States. His forms have a fullness and solidity few artists can manage now.

The next thing that might strike such a newcomer is the artist’s control of texture. His surfaces are various, but they are always alive. Perhaps one reason for this feeling for texture is that his mother was a well-known weaver, and he was therefore brought up with the boundaries of an established craft tradition.

The third thing that might impress a novice - after he or she had absorbed the impact of Berber’s technical skills - is the typical fragmentation of much of his imagery. His paintings have sometimes been described as a polyphonic,” with one image or scene apparently sliding into another. He has a habit of producing works that are in effect polytypchs, with a number of different scenes on the same canvas. He also often leaves a scene unfinished in some way, or else makes it look as if it has already suffered the attacks of time. Some paintings look like the wounded works that lurk in museum storerooms, awaiting a restorer’s attention.

These characteristics are, of course, fairly typical of art in the Post Modern epoch. So too is the impulse towards classicism - many of Berber’s paintings and drawings, though not all, feature classical figures or depict episodes from Greek and Roman legend. In this sense he is typical of an increasingly prominent tendency in contemporary art, where the return to certain features of 19th century academic painting has become an emblem of revolt against an avant-garde which has itself become established and academic. The pioneer of this tendency was the Italian artist Giorgio de Chiricio, and since de Chiricio’s death at the end of the 1970s, it has manifested itself both in Italy, with so-called “pittura colta” (”cultivated painting”), and also more recently in Russia, with the work of the artist of the Novia Akademia (”New Academy”) in St. Petersburg.

The real secret of Berber’s art, however, seems to me to be linked to his own origins. Born in Bosnia, he has lived and worked in Sarajevo, and later in Zagreb, with another studio near Dubrovnik. That is, he and his art straddle one of the most important cultural fault-lines in Europe, a place of frequent upheavals, both political and artistic. His work shows influences from the Renaissance and Baroque.masters of Italy - the Dalmation coastline was for a long period under the domination of Venice - but also others from Byzantine painting and from the art of the Ottoman Empire, especially its miniature painting. The fragmentation visible in his work seems to mime the effects of centuries of cultural conflict. It is a historical drama enacted on the surface of the canvas.

Artists who work do not work in the established centers for western art - Paris, New York, Rome and Milan, Cologne and Berlin, London - often complain that they feel marginalised by their situation. Berber is one of the few - the celebrated Norwegian painter Odd Nerdrum is perhaps another - who have succeeded in turning this situation to advantage. One can see in Berber’s work how the various influences I have cited flow into it, and are then transformed by his very precise sense of who he is, and of how he ftts into a context which is unique to himself.

His long roster of exhibitions, demonstrates the extent to which he has been able to
communicate his unique sensibility to an international audience.

Edward Lucie Smiths

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Ô_o

Publicado por alfaya en 9 Mayo 2004

Ayer hice varias cosas interesantes; desde encontrar una librería (algo extraña, eso sí, pero librería al fin y al cabo) con obras de Lautreamont, Blake o Pizarnik en su escaparate -entre otras-, a visitar una exposición con obras de Mersad Berber, sobre quien ya haré alguna que otra entrada en otro momento, o disfrutar de la compañía de mis amigos en el habitual café de los viernes.

En cuanto a hoy ha tocado tarde cinematográfica:

- Blood, primera película digital de animación, con participación de artífices de clásicos como Akira o Ghost in the shell. Demasiado breve, eso sí, 48 minutos saben a poco.

- Underworld, que ha sido entretenida -me esperaba algo peor-. Estéticamente resultona -látex, cuero, corsés-, con buen ritmo y ambientación adecuada. Toques Mátrix y algo potpurrí, pero aceptable, al fin y al cabo.

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Publicado por alfaya en 3 Noviembre 2003

Aquí debemos aclarar ciertos puntos importantes relacionados con la finalidad última del arte, que no es aceptar el estado de alineación sino lograr una conciliación. Puede decirse que las experiencias humanas existen, en lo que a nuestra consideración y nuestro deleite se refieren, únicamente cuando se proyectan de la mente a alguna forma material, y también puede decirse que tal plasmación de la experiencia sobrevive sólo cuando tiene las características específicas de la obra de arte. Esas características son la belleza y la vitalidad, que se dan por separado o juntas, y cuya conjunción en una obra de arte les otorga el máximo de fuerza y perdurabilidad. La belleza es objetiva, puede medirse o definirse (como proporción, equilibrio, armonía); la vitalidad es subjetiva o somática, instintiva e intangible, “la vida que bulle en su fuente misma buscando manifestarse”, como escribió D. H. Lawrence, quien bien podría haber agregado que esa fuente penetra hasta los niveles inconscientes de la psiquis.

Resulta, pues, que uno de los factores fundamentales del arte (la belleza) es concreto, universal, típico, mensurable y, en razón de ello, impersonal; el otro factor, la vitalidad, extrae sus energías, quizá también sus imágenes, de una fuente (el inconsciente) que, según el psicoanálisis, es igualmente impersonal (el inconsciente colectivo). La singularidad se da exclusivamente cuando estos dos factores se aúnan en la conciencia de un individuo para ser luego proyectados al exterior. Lo único y singular es el hecho; la manera y no la materia. Abonan esta conclusión las metáforas usadas por los propios artistas para describir la experiencia de la creación. El símil del árbol que utiliza Paul Klee es quizás el más conocido. El artista es el tronco del árbol que toma vitalidad del suelo, de las profundidades (el inconsciente), para transmitirla a la copa del árbol, que es la belleza. Otros creadores han empleado metáforas iguales o semejantes a ésta, entre ellos, Goethe, Novalis, Blake, Rilke y Picasso.

De lo antedicho se desprende que el artista actúa meramente como instrumento. Transmite o manifiesta aquello que le llega desde las profundidades de su psiquis, sólo que en el proceso de transmisión se produce una transformación. El artista no comunica una experiencia única, más bien se trata de una experiencia común a la que reviste de una definición y precisión que antes no tenía. ¿Qué pone el artista? Cierta medida de disciplina personal, concentración e introspección, que sirven para liberar a la vez que canalizar y convertir en objetos bellos las energías que manan de un inconsciente impersonal. Esta metáfora viene a desmentir una falacia generalmente aceptada, que se encuentra en todas las teorías del arte que consideran única la experiencia individual y que constituye la base del expresionismo: la idea de que el propósito del arte es “expresar” un sentimiento, una disposición anímica, una actitud, un estado espiritual, una impresión de la naturaleza. [...]

[...] Al artista no le interesa la experiencia en sí, ni siquiera le importa transmitir su sentir como tal. Su objetivo es establecer un orden en sus percepciones y sensaciones [...].

[fragmento extraído de Arte y alienación, de Herbert Read]

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Publicado por alfaya en 20 Agosto 2003

“En el futuro las diferencias entre las profesiones creativas serán menos patentes. Muy a menudo los diseñadores se consideran editores y diseñadores de revistas y libros, o bien diseñadores y artistas a la vez. Yo trabajo como diseñador gráfico, fotógrafo, artista y publicista. Mis proyectos van del video artístico a la tipografía. Todas las actividades que llevo a cabo están relacionadas entre sí, ya se trate de un proyecto de diseño gráfico o de un artículo, y están realizadas con las herramientas con las que comunico. Encuentro estas herramientas en los medios digitales o las zonas públicas (la calle). La realidad tiene que ver con la realidad. Se trata de mostrar cómo se codifica la vida cotidiana. Lo que es banal en un contexto tiene sentido en otro. Siempre busco la belleza en la trivialidad, pero mi trabajo tiene sentido, está basado en lo que nos rodea. Busco los detalles que dicen tanto como el conjunto, en ocasiones incluso más. Muchos diseñadores trabajan de un modo individual parecido con sus proyectos. El mensaje es más importante que la estética. En el futuro los diseñadores serán especialistas en comunicación que trabajarán en distintas áreas, desde el arte a la publicidad, desde la poesía a la fotografía. La diferencia entre las especializaciones serán las herramientas que utilicen.”

[Martijn Oostra, texto extraído de Graphic Design for the 21st Century]

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